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9/4/06
HISTORIA RECIENTE
Argentina, un país de tragedias repetidas
Cromagnon, Santa Fe, Lapa, Río Tercero, Amia, la dictadura. No todos los pueblos tienen grandes tragedias. Argentina sí. Estos hechos, difíciles de procesar por el grado de dolor que implican, se arrastran por generaciones e integran el entretejido psíquico de una sociedad. En esta nota, las formas en que se producen estos acontecimientos y sus consecuencias.
Primero hay que imaginar una persona. Probablemente un hombre, de unos 30 años, que camina sobre una línea de tiempo donde se dibujan las fechas históricas que lo marcan. Su vida empieza en la última dictadura militar. A su infancia la alumbran televisores blanco y negro donde aparecen señores muy formales siempre acompañados por una gran bandera argentina. Se producen largos silencios en la mesa familiar. A medida que crece, la televisión, ya a todo color, muestra un edificio derrumbado y miradas doloridas: una bomba. Pasan los años y la línea de tiempo sobre la que camina ese hombre imaginario tiene resaltadas varias fechas. 1995: explosión de la Fábrica Militar de Río Tercero. 1999: Lapa. 2003: inundación en Santa Fe. 2004: Cromagnon. A ese hombre lo atraviesan verticalmente varias líneas rojas, mientras que la línea del tiempo ya casi no lo sostiene.
Las formas en que ocurren las tragedias en Argentina, los dramas, las crisis, van minando cada vez más en la gente la sensación de seguridad y de ser sostenidos. “El problema no son las crisis periódicas sino la sensación de que éstas se repiten en un cuerpo agónico sin proyecto de solución, eso es lo que mina a la sociedad”, comenta la psicoanalista y docente de la Universidad de Buenos Aires (UBA), Silvia Bleichmar, para explicar la sensación del hombre en la línea del tiempo.
En opinión de la especialista, quien recientemente visitó la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) en el marco de un encuentro académico realizado en la Facultad de Psicología, lo que caracteriza a algunos hechos dolorosos sucedidos en el país es su grado de brutalidad. “Hemos tenido grandes tragedias –afirma–, me refiero a situaciones traumáticas imposibles de metabolizar o elaborar. Estos momentos no son complicados porque haya muerte sino porque hay maldad. Esto se ve claramente en la tragedia que generó la dictadura”.
Desde esta perspectiva, lo que más impacta de los ‘70 no es la muerte, que está “presente en muchos otros países”, sino el ensañamiento, la tortura, el secuestro de bebés y la perversidad de los actos. “El hombre está preparado para procesar los decesos, pero no la maldad”, reflexiona.
Tragedias esperadas
Muchas de las tragedias sucedidas en el país hubieran podido evitarse. En función de esa posibilidad de prevenir los sucesos, el psicólogo y consultor de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en misiones de tragedia, Sebastián Bertucelli, mide el daño producido. “En términos poblacionales, la calidad de la afectación y del perjuicio varían si el shock es esperado o no. Por ejemplo, en Río Tercero el shock era esperado, la gente no pensaba que podía explotar la Fábrica Militar pero sí la Petroquímica”, indica. Para el especialista en este tipo de situaciones, el hecho de que los pobladores de Río Tercero estuvieran “alerta” permitió que 15 mil personas se autoevacuaron en 45 minutos sin ayuda institucional y afrontaran colectivamente el fenómeno.
Otro tanto ocurrió en Santa Fe, donde la probabilidad de inundaciones estaba presente entre los habitantes debido a un registro histórico de anegamientos en esa provincia, aunque no de la magnitud que tuvo el ocurrido en 2003. En este caso, según Bertucelli, a pesar de que la gente conocía acerca de las crecidas y estaba “acostumbrada a convivir en ese contexto”, resultó un factor sorpresa que el agua proviniera del río Salado. Aun así, la comunidad se movilizó rápidamente a través de un “mecanismo de proximidad socio-afectiva basado en redes de amigos, parientes y vecinos”.
El argumento de la previsibilidad de los acontecimientos señalado por el asesor de la OMS es similar al que utiliza Bleichmar para explicar y diferenciar los casos de Lapa y Cromagnon. “Lapa es el resultado de una negligencia muy severa, vinculada con una omisión criminal. Pero que un avión se caiga está dentro de lo previsible, volar encierra cierto riesgo del que las personas son conscientes”, apunta la psicoanalista y señala que, a diferencia de este caso, las víctimas del incendio en el boliche de Capital Federal no tenían “ninguna representación del peligro que implicaba ir a ese recital”.
Síntomas del capitalismo
Aunque las situaciones dolorosas están presentes en muchos pueblos, incluso en los países más desarrollados, donde, siguiendo a Bleichmar, tienen “un carácter muy fuerte”, ambos especialistas vinculan las catástrofes a la lógica del sistema capitalista.
“Las catástrofes son inherentes al capitalismo, éste las genera constantemente en el afán de obtener cada vez más ganancias. Esto se ve claramente en Cromagnon, donde hicieron ingresar a muchos más espectadores de los que podía albergar el edificio”, dispara Bertucelli. El psicólogo argumenta que estas tragedias no se producen “por una casualidad, un error, o simples ‘excesos’ como se dice respecto de la dictadura; sino por la crueldad y ambición desmedida del hombre en su enésima potencia”.
En la misma línea se inscribe la opinión de la docente de la UBA, para quien la racionalidad del capitalismo produce “continuamente irracionalidades de todo tipo”.
Elaboración social
De acuerdo a Bleichmar, las tragedias argentinas se arrastran por generaciones, se trasmiten fantasmagóricamente y se conforman como “restos del entretejido psíquico de la sociedad”.
Ahora bien, ¿cómo se resuelven? Básicamente, a través de la elaboración social y de la acción de una Justicia que permita “liberar a las víctimas de la obligación de venganza”. En Argentina, sin embargo, parece prevalecer la falta de resolución legal de los acontecimientos dolorosos y la sensación de impunidad de los responsables. “Las fallas de la Justicia en el país se han manifestado de múltiples formas en la historia –afirma en este sentido–. Eso no da ningún tipo de garantías a la sociedad civil de que los culpables sean realmente enjuiciados y condenados”.
Más allá de la escasa respuesta de los tribunales apuntada por la psicoanalista, lo cierto es que una de las formas de afrontar colectivamente las catástrofes son los duelos. Así, las velas al costado de Cromagnon, los santuarios, los momentos de recogimiento. “En Río Tercero los chicos jugaban en las plazas a las bombas, a la guerra; elaboraban el duelo a través del juego. Esa elaboración se veía en las peluquerías, en el almacén, la gente relataba mil veces lo que le había pasado”, ejemplifica por su parte Bertucelli. Según explica, la condición necesaria para poder “digerir” las situaciones traumáticas a través de los duelos es que sean realizados frente a pérdidas comprobadas, pero no se pueden llevar a cabo ante la desaparición de un ser querido. “Ahí no hay rituales de elaboración de duelo, sino búsquedas e identificaciones”, sostiene.
Sin embargo, el psicólogo expresa que la elaboración del duelo debe ir acompañada de la revisión de algunos mecanismos del proceso militar que siguen vigentes actualmente pero bajo otra denominación, como las denuncias entre vecinos y las llamadas anónimas. “Hoy no se estimula la cooperación, sino que se fomentan las prácticas de acusar y delatar, que aun cuando sean realizadas con fines constructivos, terminan por debilitar las instituciones democráticas”, remarca.
La clave para salir adelante, desde su enfoque, está en elaboración de la tragedia a partir de crear una situación nueva. “No nos puede unir el enemigo, nos tiene que unir una idea amiga. Necesitamos una memoria transformadora”, concluye Bertucelli.
Diccionario de episodios dolorosos
Silvia Bleichmar marca diferencias entre los términos que remiten a acontecimientos sociales dolorosos.
Tragedia. Es un suceso que no es posible elaborar, no sólo porque es inesperado sino por sus consecuencias, que atentan contra la integridad del ser humano. La matanza de niños y los desaparecidos son del orden de la tragedia.
Drama. Se trata de acontecimientos que forman parte de las leyes de la vida y no rompen con las legalidades instituidas. La muerte de los padres es un caso dramático.
Crisis. Son períodos de desequilibrio pasajeros, como la crisis norteamericana del ‘30. Pueden representar un momento de transformación, incluso con saldos positivos, de acuerdo a su desenlace. “En la Argentina no vivimos una crisis, sino los efectos de una devastación económica y cultural, que es muy distinto”, apunta.
Catástrofe. Es un hecho puntual que, según el caso, la sociedad puede elaborar o no. Por ejemplo, una catástrofe natural se procesa, en cambio una histórica, no siempre.
“Los economistas que inventaron el diablo”
Por José María Rinaldi*
Los diarios vienen y te despiertan sin nada cuerdo; deuda externa, inflación, riesgo país, dólar y hasta las cabezas de Liniers nos desbordan sin conocer ni entender demasiado de qué se trata, pero con la condena diaria de saber que su variación nos recorta y condena la vida.
MLa política económica argentina lleva la impronta de un desvergonzado cinismo. Sólo veamos la zaga de terror súbito desde el Rodrigazo (1975), antesala de la semblanza de “apariciones nocturnas” del “Proceso”, y desde allí las tres décadas de espanto económico, que llevaron a la Argentina a tener el peor desempeño registrado por cualquier país del planeta, en igual período.
Las mentes de los economistas del poder son truculentas, de lo contrario sería imposible que nuestro país haya caído en este trágico récord luego de que su economía, de 1963 a 1974, haya tenido todos sus períodos positivos, en los que cualquiera podía hacer un proyecto empresario, de inversión, de vida del grupo familiar y un proceso de industrialización orientado a la exportación de plantas industriales “llave en mano”.
En 1975, en un contexto de vacío político, inestabilidad e inseguridad, se produce un punto de inflexión signado por el aumento de los combustibles y una fuerte devaluación que llevaron la inflación a tres o más dígitos, en forma ininterrumpida hasta 1990. El único país del mundo, que no habiendo estado en guerra, tuvo una inestabilidad monetaria tan grande.
Dirigiendo la palabra al pueblo, Martínez de Hoz plantea: “La economía argentina es básicamente sana, no hay ningún mal básico y tiene un amplio potencial, lo que falta es autoridad y estabilidad política”, con esta premisa había que atacar los “tres incendios” (inflación, deuda externa y crecimiento). Para ello, había que abrir la economía, desmantelar el proceso de industrialización y sustitución, y especializarse en agroindustria, petróleo y gran minería; todo lo demás tenía que ser motivo de importaciones.
Los resultados económicos de estos “aprendices de bomberos” fueron, y lo son, altamente conocidos. Sin embargo, sus actores todavía detentan éxitos personales y la legitimación del rediseño político, social y económico por vía del terrorismo de Estado, recetas monetaristas, convertibilidad, privatizaciones, megacanjes, blindajes, default y canjes, que en distintos escenarios económicos internacionales llevaron a la Argentina a que, en sólo tres décadas, pasara de ser una economía con distribución del ingreso similar a la de los países desarrollados a equipararse, en tres cuartas partes, a la de Brasil, una de las economías más inequitativas del mundo.
Tal vez sea, como dice el heterodoxo psicoanalista y pensador Thomas Szasz: “En la eterna lucha entre el bien y el mal, el bien tiene una irreductible desventaja: no tiene futuro, mientras que el mal sí… Por tanto lo que Voltaire debería haber dicho es que si no hubiese diablo habría que inventarlo”.
* Docente de la Cátedra de Política Económica Argentina de la Facultad de Ciencias Económicas, Universidad Nacional de Córdoba.
Imágenes del dolor
Por María Carla Bertotti y Mercedes Vega Martínez*
Durante el siglo XX en la Argentina, las situaciones traumáticas sociales han sido numerosas y tuvieron diferentes impactos. Desde el espacio social, esa situación traumática produce una ruptura de los lazos sociales, que necesitan ser restituidos. Ya como reparación social del daño producido por una parte y tramitación colectiva por la otra.
Cuando esta reparación se ve obstaculizada socialmente, trabada por algunos de los múltiples procesos de desplazamientos que se desencadenan frente a lo inesperado, no es posible iniciar los caminos propios de la tramitación social.
En este sentido, los símbolos se presentan como una señal específica en la reconfiguración de esa realidad que se ha querido hacer desaparecer, restituyendo en la imagen o en la enunciación, el recuerdo y la presentificación del suceso silenciado, trayendo aquello de lo cual, la sociedad sabe, pero que ha sido obligada a olvidar, inscribiendo en la memoria colectiva el registro de los procesos sufridos en las situaciones traumáticas que habilitan para su tramitación. Así por ejemplo, la figura humana vacía, evocada sólo en sus contornos, rápidamente nos remite a esos vacíos que, a modo de agujeros en el tejido social, produjeron los desaparecidos durante el despliegue de la tecnología de aniquilación por desaparición durante la década de los ´70. El pañuelo blanco anudado en sus extremos cobijando una cara vacía representa para cualquier argentino la búsqueda iniciada por las madres de los desparecidos, su modo de demandar y su ronda sin fin en la exigencia de respuestas al Estado sobre el destino de sus hijos.
Después de Malvinas, frente a la ignominiosa actuación de nuestros generales, la imagen de las islas –atravesadas por tres franjas cuyos colores celeste y blanco son los constitutivos de la bandera – representan ese tramo de historia en que los argentinos perdimos una o dos generaciones, en una guerra tramposa bajo el signo del engaño.
Recientemente los sucesos de Cromagnon nos obligaron a sumirnos en una realidad de muerte, corrupción y falta de escrúpulos que produjo 194 víctimas. Así como asistimos a la muerte, asistimos a las demandas colectivas de los deudos en su búsqueda de reparación sobre aquello que es irreparable, restituyendo en la representación y en la imagen de las zapatillas colgadas de los cables y vacías, el lugar vacío de sus hijos muertos.
* Sociólogas investigadoras sobre conflicto y cambio social. Instituto Gino Germani, Universidad de Buenos Aires. |
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